3 de agosto de 2013

Primer capítulo de La Mariantella, Alma Azul V

¡Hola chic@s! ¿Qué tal va su fin de semana? Espero que estupendamente :D
Pues traigo buenas noticias para que se animen a leer "La Mariantella", la nueva parte de Alma Azul, les quiero compartir el día de hoy el primer capítulo.
Espero que les guste ;)
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Todo lo recaudado irá directo al tratamiento de una pequeña con autismo, así que además de disfrutar de la historia, estarán ayudando :D


Capítulo 1

—¡Defiéndete! —vociferó Raquel, lanzando un nuevo ataque
de agua que tumbó a Zarah contra el piso.
—¡Eso intento!
—¡Eres una Alma Azul, por un demonio, haz algo interesante!
—Raquel alzó las manos y alrededor de sus piernas el agua del aire
se congeló, formando un aro en derredor a sus tobillos, provocando
que Zarah quedara atrapada—. ¡Anda, escapa de eso!, si puedes… —
añadió con voz socarrona.
Zarah se forzó en concentrarse, en hacer emerger su poder de
Alma Azul, pero sencillamente nada sucedió.
«¡Maldición!».

Estaba segura que tras el ataque sufrido, en el que por poco se
convierte en un Alma Negra, todo sería pan comido con los entrenamientos.
Ella había podido usar sus poderes en la batalla, después
de todo. Pero sencillamente habían desaparecido tan rápido como
llegaron.
Ahora no era capaz de brillar ni como una estúpida lámpara de
lápiz con su poder de Alma Azul.
—No puedo…
—¡Ni siquiera lo intentas!
Zarah trató con mayor fuerza, pero fue inútil, nada apareció. Ni
un resquicio de luz a su alrededor.
—¡Anda, defiéndete! —gritó Raquel, lanzando un nuevo ataque.
Zarah apenas consiguió evadir el chorro de agua que ella le
lanzó. Aterrizó dolorosamente contra su costado. Por un pelo había
conseguido esquivar el ataque de Raquel que la habría lanzado dos
metros por el aire, como sucedió la última vez.
Con dificultad se puso de pie, un gran logro tomando en cuenta
que sus piernas seguían unidas a causa de ese aro de hielo. Sin
embargo, su parcial alegría no duró mucho al notar que Raquel no le
daba tiempo para recuperarse. Vio volar a Raquel, dispuesta a darle
una patada directo contra el rostro. Apenas tuvo tiempo de evitarla,
perdiendo el equilibrio a causa de sus pies aún unidos, y fue a caer
dolorosamente una vez más contra el suelo.
El golpe le quitó el aire de los pulmones, por lo que apenas
tuvo tiempo de reaccionar para protegerse de un nuevo golpe que
Raquel le lanzaba en ese momento.
—En una pelea no podrás sólo huir, princesita. ¡Anda, defiéndete
como lo haría un Alma Azul! —De las manos de Raquel emergió
una ola helada que enfrió de miedo el sudor de la frente de Zarah. Esa
chica estaba dispuesta a convertirla en una paleta de hielo.
Zarah apartó la vista al ver llegar la ola azul contra su rostro
justo un segundo antes de que una intensa luz roja se interpusiera
entre ella y el agua, derritiendo el hielo hasta convertirlo en vapor que
se elevó en una enorme e inofensiva nube ante ella.
—Ya basta. —La voz de Allan estremeció a Zarah. Había llegado
para salvarla de que le patearan el trasero en el entrenamiento.
Otra vez…—. Ha sido suficiente por hoy.
—¿Suficiente? —El rostro de Raquel estaba crispado por la
indignación—. No puedes detener las peleas cada vez que a ella se
le compliquen las cosas, Allan. Zarah es la princesa de los Blancos,
ella más que nadie debería saber defenderse en una batalla, ¿cómo
liderará a los ejércitos bajo su mando cuando el poder caiga sobre sus
hombros…?
—He dicho que es suficiente por hoy. —La voz de Allan era
rotunda—. Raquel, ve a las duchas.
—Sí, capitán. —A pesar de la sonrisa en su rostro, la voz de
Raquel era mordaz—. Espero no haberte lastimado, pequeña princesa.
—Raquel le tendió una mano a Zarah para ayudarla a levantarse.
Su voz destilaba miel, pero en sus ojos sólo había satisfacción.
Satisfacción por tener que levantarla del suelo. Otra vez.
—Gracias —masculló Zarah aceptando su mano de mala gana.
—No te preocupes. Eres sólo una niña. —Raquel apartó una
rama sucia de su cabello, sucio y lleno de lodo, y la tiró al piso casi con
repulsión—, demasiado joven para entender nada de nada. —Zarah
apretó los dientes, Raquel la trataba como si tuviera cinco años. Y
no perdía oportunidad para recordárselo—. No tienes que sentirte
mal por ser tan… inútil —sonrió, mordaz—. Aún tienes tiempo para
aprender las técnicas de guerra Capadocia. Aunque claro, la mayoría
de nuestros alumnos en la academia ya dominan las técnicas básicas,
y ninguno supera los siete años. Tal vez deberíamos colocarte en una
clase con los de tres, los principiantes…
—Raquel. —La voz de Allan estaba teñida de amenaza.
—No dije nada malo. —Ella se apartó el pelo que le caía sobre
el hombro, provocando que su perfecto, y totalmente limpio, cabello
rubio resplandeciera bajo el intenso sol de ese día.
Zarah hubiera deseado tener algo que lanzarle encima a su perfecta
e inmaculada melena. No entendía cómo es que Raquel siempre
terminaba luciendo como una súper modelo, mientras su propio
cabello parecía un nido de ratas, y ni hablar de su ropa. Después de
pasar la mayor parte del entrenamiento en el suelo, esquivando los
golpes de Raquel, su vestimenta terminaba como si hubiera escapado
de un desastre minero: completamente cubierta de tierra, musgo y
cualquier otra porquería que se hubiera topado a su paso. Como la
ocasión en que algo marrón y de muy mal aspecto terminó embarrado
en sus posaderas. Y estaba muy segura que no se trataba de lodo…
—Raquel. Duchas. —Allan no dijo nada más, el tono firme de
su voz bastó para que Raquel se alejara a paso rápido de la zona de
entrenamiento donde estaban trabajando ese día.
Raquel se marchó al fin, no sin antes dedicarle una última son~
risa mordaz a Zarah.
La joven apretó los dientes, hubiera deseado ser ingeniosa
como Maricarmen o al menos tener el ímpetu de Marijó para decir
algo hiriente, lo que fuera. Pero todo cuanto pudo hacer fue suspirar,
dejándose caer al piso y llevándose amabas manos al rostro para
ocultar las lágrimas de frustración que luchaban por salir de sus ojos.
Ya eran semanas. Semanas completas de entrenamiento. Y no
mejoraba en absoluto.
Y por como iban las cosas, dudaba que alguna vez lo hiciera…
—Calma. —Allan se arrodilló a su lado—. Todo va a mejorar,
ya verás…
Zarah alzó la vista, dedicándole una mirada de completo escepticismo.
—Vamos. —Allan le tendió una mano, ayudándola a levantarse—.
No es tan malo.
—¿No es tan malo? —Zarah bufó—. Llevamos en esto todo
el verano y todavía no he conseguido hacer aparecer ningún poder de
Alma Azul. ¡Por Dios, todavía no hago aparecer ni una luz del tamaño
de una luciérnaga!
Allan rió, provocando que su corazón se alegrara con su risa.
—Desarrollar los poderes de un Capadocia lleva tiempo. —La
abrazó por los hombros, atrayéndola contra su pecho—. Es muy difícil.
Más si se trata de un Alma de Fuego y una tan poderosa como
un Alma Azul. Debes tener paciencia, unos cuantos días de fracaso
no son motivo para rendirse.
—¿Unos cuantos días? Allan, mi trasero nunca será el mismo
de antes… ¡Hey, estoy hablando en sentido figurado! —chilló cuando
él se asomó a su espalda, dispuesto a cerciorarse por sí mismo.
—Pues yo lo veo tan lindo como siempre.
—¡Allan!
Allan rió con más ganas, abrazándola todavía más fuerte contra
su pecho, impidiéndole apartarse.
—Vamos, Zarah, ríe un poco.
—¿Reír? ¿Cómo puedo reír cuando tanto peso cae sobre mis
hombros? Raquel tiene razón, soy una princesa, el reino entero espera
que sepa ser digna de ese puesto, y ni hablar de mi abuelo y…
—El reino aguardará a que llegue tu momento, no te preocupes
por ello. Y tu abuelo es un hombre sabio, no esperará que tú aprendas
a manipular tus poderes de la noche a la mañana.
—¿Y qué hay de lo de liderar ejércitos?
—Eso no ha sucedido en siglos. Y si llegara a suceder —añadió
antes de que ella pudiera replicar—, tu abuelo es aún un hombre con
mucha vida por delante. Podrá hacerlo él mismo. Y también está tu
padre, tu tío, tu hermano y, por supuesto, yo —le sonrió al tiempo
que pasaba un mechón de cabello nudoso y sucio tras su oreja—.
Nunca dejaría que te sucediera nada malo. Lo sabes.
Zarah asintió, agachando la vista.
—Relájate, todo va a salir bien. —Allan posó ambas manos
en sus mejillas, haciéndola levantar el rostro para verlo a la cara—.
Confía en mí.
—Lo hago. —Ella sonrió, dejándose perder en el contacto de
sus labios contra los suyos.
No importaba cuántas veces lo besara, cada beso era único,
especial, mágico…
Allan se apartó, dedicándole una mirada llena de amor, como
las que siempre se reflejaban en sus ojos cuando la veía.
—Ahora, quita esas ideas de tu cabeza o tendré que besarte de
nuevo para que te olvides de ellas.
—Lo siento, creo que esas ideas aún siguen ahí, tendrás que
intentar de nuevo —sonrió.
Allan rió, envolviéndola en un abrazo estrecho contra su cuerpo
al tiempo que la besaba con una intensidad tal, que Zara sintió que
el suelo se desvanecía bajo sus pies. Rodeó el cuello de Allan con los
brazos, dejándose perder en él sin reparos.
—¡Ejem! —escucharon a alguien aclararse la garganta. Al volver
la vista, Zarah palideció al ver a Tanek de pie a escasa distancia
de ellos.
—¡Papá! —chilló Zarah, apartándose de Allan de un salto.
—Me gustaría hablar contigo, hija. Eso claro, si tu novio está
dispuesto a devolverte los labios.
Zarah enrojeció hasta las orejas.
—Papá… —Zarah replicó, adelantándose a él con la cabeza
gacha, deseando que su desordenada melena ocultara sus mejillas encendidas,
que seguramente debían lucir tan rojas como la capa escarlata
que su padre lucía, vestido a la usanza real Capadocia.
Todavía le costaba ver a Tanek como una figura paterna, sin
embargo había algo en él que le provocaba ese sentimiento de respeto-
afecto que despertaba obediencia y, por supuesto, vergüenza por
ser atrapada por él en una situación tan… delicada.
—Nos vemos luego, Zarah —escuchó a Allan decirle, antes de
alejarse con la intención de dejarlos a solas.
Tanek la envolvió en un abrazo, llevándola con él por el camino
de vuelta al palacio.
—Y… ¿cómo va tu entrenamiento? —le preguntó tras varios
segundos de incómodo silencio.
—Horrible.
Tanek soltó una carcajada ante la sinceridad de su hija.
—No debes preocuparte, es natural. Pronto serás una guerrera
excelente, ya lo verás.
—Lo dudo. —Ella bufó, apartándose un mechón de cabello
sucio de la cara—. Y mientras continúe apestando, y no me refiero al
lodo, Raquel no dudará en continuar moliendo a golpes mi trasero.
—Pronto serás tú quien se lo muela a golpes a ella. Eres un
Alma Azul, no lo olvides. —Zarah voló los ojos, sabía que era un
Alma Azul, sabía que se suponía que era la más poderosa de la clasificación
de las Almas de fuego de La Capadocia. Sin embargo, o
su cuerpo no se enteraba todavía o alguien había cometido un error,
porque ningún poder hacía acto de presencia todavía.
—Mi única habilidad hasta ahora radica en caer al suelo. Así
que por ahora, papá, me es difícil pensar que pueda ser más poderosa
que una pasa.
—¿Una pasa?
—Sí, una pasa —refunfuñó, molesta—. Ya sabes, esas cosas
arrugadas que no sirven para nada.
—Una pasa —rió Tanek—. Vaya comparación ridícula, ¿qué
tiene que ver una pasa contigo o La Capadocia?
—Exacto, ¿qué tengo yo que ver con La Capadocia? No voy
con ella. Igual que una pasa.
—Es la comparación más ridícula que he escuchado. —Tanek
continuó riendo—. Pero no te preocupes, hija, quita esa cara de morrito
—intentó animarla al notar que sus palabras no consolaban en
absoluto a su hija—. Recuerdo cuando eras pequeña, tu madre y yo
teníamos que convencerte para que bajaras alguna vez la espada.¬
Querías pasar todo el día entrenando, practicando y aprendiendo
nuevas técnicas Capadocia. Eras increíblemente hábil para tu edad,
vencías a oponentes mucho mayores que tú desde que comenzaste a
participar en torneos.
»Tu abuelo no podía estar más orgulloso, y tu madre debió
suponer que serías un Alma Azul porque… —La sonrisa se borró de
sus labios al mismo tiempo que las palabras se esfumaban de su boca.
—Ella bloqueó mis poderes —continuó Zarah.
—Eso lo hizo para protegerte, lo sabes. —Tanek se detuvo
y la encaró, posando ambas manos sobre sus hombros en un gesto
paternal—. Tu madre te quería, Zarah. Y mucho. Todo lo que hizo,
todo —repitió—, fue con la intención de ayudarte.
—Lo sé… —Ella suspiró, agachando la mirada—. Es sólo que
todavía es tan confuso… Casi no puedo recordarla. Y realmente lo
que me hizo, apesta ¿sabes? ¿De qué sirve ser un Alma Azul si no
tengo ningún poder?
Tanek volvió a sonreír, estrechando a Zarah en un nuevo abrazo
mientras reemprendían la caminata.
—Dale tiempo al tiempo. Volverás a encontrar tu verdadero
ser, y tú eres una guerrera innata.
—¿Y qué hay de mi vida anterior? —Zarah preguntó aquello
que llevaba muchas noches dando vueltas en su cabeza.
—¿Tu vida anterior? —Tanek volvió a detenerse, esta vez dedicándole
una mirada preocupada—. ¿Te refieres a…?
—Madeleine. —Ella asintió—. ¿Cómo era ella? Es decir… yo.
¿Cómo era yo entonces?
Tanek inspiró hondo, fijando la vista en sus ojos.
—Eso no importa, hija. Es esta vida todo lo que cuenta. No lo
que sucedió en otro tiempo.
—Pero quiero saberlo, Allan no quiere hablar al respecto.
—Y hace bien. —El ceño de Tanek se frunció—. No quiero
que pienses en cosas que no valen la pena, Zarah. Todo cuanto importa
es tu vida presente, la vida que tienes ahora. Deja el pasado
en el pasado, tu vida es ésta, hoy. Así pues vívela, gózala, disfrútala,
porque no hay mejor regalo que el presente.
Zarah asintió, esbozando una ligera sonrisa cuando su padre
pasó una mano por su cabello, alborotándolo como si fuera una vez
más una niña de cinco años.
—Te quiero, papá —le dijo con una sonrisa en los labios, gozando
de ese momento. Era poco lo que podía recordar de su padre,
pero sabía, en su corazón, cuánto le quería entonces. Y ahora.
—Y yo a ti, mi pequeña. —Tanek sonrió a su vez—. Tú y tu
hermano son toda mi vida. No lo olvides.
—No podría. —Y de verdad no podría hacerlo, Tanek había
velado por ella desde que había llegado al lado de su familia adoptiva,
sin que nadie, ni siquiera ella, lo supiera. Sin mencionar que por poco
muere al intentar salvarle la vida. Sin duda eso era amor paternal—.
Sólo espero poder merecer tu cariño.
Tanek soltó una sonora carcajada, una como las que recordaba
cuando era pequeña, y la evocación de esa memoria donde ella y su
padre se encontraban riendo cuando sólo era una niña pequeña le
vino a la mente, calentándole el corazón con esa remembranza que
hasta entonces no sabía que existía.
—Tú no tienes que hacer nada para merecer mi cariño, Zarah
—le aseguró Tanek, abrazándola con sumo cariño—. Eres mi hija. Te
amaré siempre, sin importar qué. Es tu derecho —le guiñó un ojo—,
y es irrevocable.
Zarah sonrió, abrazando a Tanek y hundiendo la cabeza en
su pecho, aspirando ese aroma familiar que por tanto tiempo creyó
olvidado.
Realmente, realmente, se sentía bien saberse amada de ese
modo.
No importaba qué tan buena o mala fuera con la espada o las
técnicas Capadocia, su padre la quería. Y estaba segura que eso no
cambiaría.
Por pésima que fuera como una guerrera Capadocia…

1 comentario:

May Abiatti dijo...

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