6 de mayo de 2011

7 DE MAYO

Hoy es el cumpleaños de una personita muy especial para mí,

es esa la razón por la que, por motvo de este maravilloso día,

les regalo un capítulo más de Alma Azul :)

¡Felices 6 añitos mi pequeña angelita!!!



Alma Azul, Capítulo 5.



-¿No me vas a contar qué fue lo que Allan te dijo ayer?-Continuó insistiendo Maricarmen al día siguiente, mientras iban de camino a la cafetería de la escuela durante el receso.

-No.

-¿No nos vas a decir nada sobre lo que él te dijo? -Se unió Marijó.

-Nop.

-No es justo, ¡eres tan egoísta, Zarah! A veces eres como una espina en el cul…

-Buenos días, maestra Carmela-saludó Zarah a la directora de la escuela que justo iba pasando por allí en ese momento.

La mujer frunció el ceño, le dedicó a Marijó una mirada molesta y continuó con su camino, sin responder al saludo.
 
-¿Es que todas las maestras de esta cárcel tienen que parecer gendarmes?-Bufó Marijó, formándose en la fila para el almuerzo.

-Por algo es una cárcel-contestó Zarah.

-Bueno, es tarde, me tengo que ir-se despidió Maricarmen tras echarle una ojeada a su reloj.

-¿A dónde vas?-Le preguntó Marijó, sin darle tiempo de alejarse-. Se supone que tenemos práctica de básquetbol esta tarde.

-Ahí estaré puntual, soy la capitana, no puedo faltar-le dijo Maricarmen en su habitual tono pomposo que rebosaba responsabilidad.

-¿Entonces por qué te vas?

La respuesta llegó sola cuando vieron aproximarse a un guapo chico de sexto año, alto, moreno y de ojos profundos y hermosos.

Maricarmen le sonrió encantada y se alejó en su dirección, sin decirles nada a sus hermanas, sabía que hablar habría estado de más para explicar que tenía un nuevo novio.

-¿Otro novio?-Masculló Marijó, dirigiéndose a la cafetería junto a Zarah-. ¿Es que no puede estar un tiempo sin ningún tipo a su lado?

-Yo creo que son ellos los que no pueden estar sin Maricarmen a su lado-bromeó Zarah, aproximándose al montón de bandejas para tomar una, pero en el mismo momento su mano chocó con la de una chica que había llegado justo en ese instante, sin que la notara.

Zarah pegó un respingo al ver de quiénes se trataban y quién estaba a su lado: Raquel y Rebeca Abuleta, las gemelas de quinto más populares de la escuela, y mejores amigas de Allan, de pie junto a ellas.

-Fíjate-le reclamó la joven con la que chocó, tomando la bandeja.

Zarah frunció el ceño, sabía que era Raquel, sólo ella podía ser tan vil. Rebeca era otro asunto a solas, pero cuando se encontraba junto a su hermana, le seguía en todas las maldades a su gemela.

Ambas eran famosas en la escuela tanto por su belleza, intelecto y habilidad deportiva. La única persona con vida y que no era famosa que podía acercárseles en parecido era Maricarmen, aunque físicamente eran como dos polos opuestos; Raquel y Rebeca tenían el cabello rubio platinado, la tez clara y ojos de un azul celeste, que si tal vez le hubieran caído bien, Zarah habría admitido que era hermoso. Pero por el momento, le parecía un azul común y corriente sin ningún chiste.

-¿Por qué no te fijas tú?-Saltó Marijó, siempre en busca de pelea-. Zarah llegó primero.

-¿Por qué no le haces un favor al mundo y saltas de un barranco?-Le dijo Raquel con sorna, provocando que su hermana gemela soltara una risita burlesca.

Zarah sintió deseos de abalanzarse contra esa mustia, pero justo cuando iba a contestar, Marijó se le adelantó, siempre lista para la pelea.

-Con gusto salto si te llevo conmigo, sólo así le estaría cumpliendo el favor al mundo.

Raquel hizo rechinar los dientes, e iba a contraatacar cuando Allan se interpuso.

-Raquel no estés peleando ¿quieres?

A Raquel le pareció costarle un enorme esfuerzo el controlarse, pero lo logró hacer. Obviamente la presencia de Allan pesaba bastante para ella.

-Tienes razón, no debo rebajarme a discutir con niñitas-les dedicó una mirada de arriba debajo de lo más vil que consiguió obtener de su repertorio de miradas viles.

-Me refiero a que ellas tienen razón, tú te colaste en la fila-le dijo Allan, tomando la bandeja y entregándosela a Zarah-. Disculpen, lindas, no se lo tomen a pecho, Raquel no habla en serio.

-Sí, cómo no-musitó Marijó, aún enojada, aunque no pudo evitar dedicarle a Allan una sonrisa agradecida.

Zarah sonrió burlesca ante la mirada de sorpresa que Raquel le dedicó a Allan, sorpresa que se transformó en furia y luego en desdén cuando se alejó con la barbilla en alto, seguida por su inseparable hermana gemela.

-Me ponen de mal humor esas tipas ricas que se creen dueñas del mundo-bufó Marijó, pasando por alto la presencia de Allan-. Son como una estaca en el traser…

-¡Marijó!-La hizo callar Zarah, mirando a Allan con las mejillas encendidas-. Disculpa… Gracias por tu ayuda.

-Yo no hice nada, fue tu hermanita la que hizo todo.

-Oye, ¿a quién le dices hermanita? ¡Ya tengo trece años!

-Marijó…

-Tienes razón, lo siento, Marijó-sonrió Allan, provocando que incluso María José se ruborizara bajo esas mejillas pálidas y cubiertas de maquillaje blanco.

-Nos vemos luego, chicas-se despidió con la mano, alejándose en la dirección donde lo esperaban sus amigas.

Zarah lo siguió con la vista, prácticamente comiéndoselo con los ojos, hasta que su mirada se topó con Raquel, quien no había perdido detalle de ellos, e inmediatamente saltaron chispas de furia en el aire.

En cuanto Allan llegó junto a ellas, la mirada de Raquel se suavizó, y tomándolo del brazo a propósito para molestar a Zarah, juntos salieron de la cafetería, riendo y hablando como siempre.

Zarah entrecerró los ojos, apretando los dientes furiosa.
 
De la nada las puertas de la cafetería se cerraron de golpe, y una fue a darle a Raquel directo en las posaderas, lanzándola lejos contra la pared.

Se escucharon algunas exclamaciones y varias risas ahogadas cuando la chica se levantó sin daño alguno, pero bastante embarazada por lo sucedido, y arreglándose a toda velocidad el peinado, se alejó a toda carrera por el pasillo en compañía de su hermana.

Zarah también rió, más llevada por las carcajadas contagiosas de Marijó que por otra cosa, pero al notar la expresión en el rostro de Allan al volverse a mirarla, la sonrisa se borró por completo de su rostro.

Él la miró de una manera extraña; no con enojo, no de manera amistosa, sino de una forma que le provocó calosfríos; la suya era una mirada intensa e inescrutable que ella no alcanzó a interpretar en esos brillantes y penetrantes ojos negros, pero que sin ninguna duda significaba algo.

No sabía cómo, pero lo sabía…

Sin embargo, tan rápido como siempre, él se volvió y se alejó, sin darle tiempo de pensar en nada más, ni contemplar por más tiempo esos ojos que le habían provocado que se le detuviera el corazón por un par de segundos.



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Les recuerdo que esta novela es un borrador, está tal cual la escribí. Una disculpa si encuentran algún error.

Muero de sueño...

¿Saben lo que es morir de sueño? Es la prohibición del café a un adicta total, osea yo, y sentirse fatal, estarse durmiendo por los rincones y alucinar con tazas de café que no pueden ser tuyas ( me refiero a mí también).
Y como la zombi viviente que soy ahora, no puedo decir que me vea muy bien, aquí les dejo una imagen más o menos similar a cómo luzco en este momento...


5 de mayo de 2011

Alma Azul, Capítulo 4.

Alma Azul


CAPÍTULO 4
 
 
 


Zarah se puso roja al tiempo que se volvía. Maricarmen caminaba en ese momento hacia ella, llevando a Dany de la mano.
-Dany-contestó a la carrera-. Dany sabe mi nombre, ¿no es así, dulzura?

Dany la miró a los ojos y no contestó, enseguida desvió la vista hacia el campo de juego, como si el corretear de los muchachos tras el balón resultase más interesante que lo que su hermana tenía que decirle.

-Creo que a ella también le gusta Allan Cortaza-dijo con fastidio Maricarmen.

Zarah la miró con un dejo de amargura. Maricarmen era una belleza humana, además de una chica sumamente inteligente, la mejor de su clase, y por lo que demostraban los premios que había ganado, de todo el estado. Pero no era su largo y sedoso cabello negro azabache, ni esos ojos vivos y brillantes colmados de largas pestañas rizadas naturalmente, o los finos rasgos de su rostro que iban tan bien con su perfecta silueta, los que lograban hacerla resaltar por donde fuera que ella estuviera, era su perspicacia y aguda inteligencia las que lograban hacerla ganadora de la atención y admiración de todos cuantos la conocían.

No importaba dónde apareciera Maricarmen, las miradas se fijaban sobre ella sin excepción, igual que si estuvieran viendo a una reina desfilando por una pasarela, segura y a sabiendas de lo que provocaba en torno suyo.

Si existía una chica perfecta para Allan, esa era Maricarmen.

Pero ella jamás se había mostrado interesada en él, por el contrario, su sola presencia parecía fastidiarle.

O eso era lo que aparentaba…

Bien fuera que fingía no importarle él o realmente no lo hacía, lo cierto era que Maricarmen era la chica más cercana a lograr que Allan se fijara en ella.

Un hombre como Allan jamás se fijaría en alguien como Zarah. Hacerse ilusiones estaba por más descartado.

-¿Podemos irnos ya?-Por el camino apareció una chica de trece años, con el cabello lacio y cortado a la altura de la barbilla, los labios pintados de rojo oscuro y los ojos marcadamente delineados de negro. Llevaba una calavera bordada sobre el suéter de colegio, las uñas pintadas de negro y la mochila colmada de calcomanías de bandas de rock-. Quiero llegar a casa y tomar un buen descanso en el sofá de la casa. Tengo el culo plano como una aspirina por tantas horas pegada a la silla.

-¡Marijó!-Exclamaron Zarah y Maricarmen al unísono.

-Ahí te irás a sentar también-le dijo Maricarmen en tono de réplica-. Tus posaderas no te lo agradecerán en absoluto.

-Es mi culo, Maricarmen, no el tuyo. Si yo lo quiero aplastar como el culo de la abuela…

-¡Marijó!-Bramaron al unísono Zarah y Maricarmen.

-¡No hables de esa forma!-La reprendió Zarah.

-Y mucho menos delante de Daniela-continuó Maricarmen-. Sabes que está aprendiendo a repetir palabras.

-Ella no va a repetir…

-¡Culo!-Gritó la niña, haciendo callar a Marijó.

Las tres se miraron sorprendidas antes de romper a reír a carcajadas.

-¿Por qué se ríen?-Preguntó una vocecita.

-¡Manolo, allí estás!-Zarah lo saludó, llamándolo con la mano-. Date prisa, debemos irnos, es tarde ya…

-No me digas, llevo esperándote media hora-replicó el niño, frunciendo el ceño mientras caminaba hacia ellas-.Ya es bastante tener que vivir entre puras viejas, para que encima me eches la culpa de partir tarde.

-Cuida tu lengua, niñito-lo reprendió Zarah, aunque sin dejar de sonreír-. Si he llegado tarde no ha sido por gusto, sino porque…

-Sí, porque te quedaste hablando con ese chico… Allan-la interrumpió el niño, provocando que sus dos hermanas se volvieran a verla con las cejas arqueadas y sonrisas divertidas grabadas en los labios.

-¿Allan?-Repitió Marijó en tono pícaro-. ¿Y qué tenías que hablar con él tan urgentemente para dejar esperando a tus hermanos menores, Zaritah?

Zarah se puso roja a pesar de su intento de parecer como si nada, y continuó caminando, llevando a Dany casi a rastras de la mano hasta el sitio donde se encontraba aparcado el automóvil.

-Sí, Zarah, cuéntanos-se unió Maricarmen-. ¿Qué era tan importante eso que Allan tenía que decirte?

-No le dijo nada, la ayudó a levantarse-Manolo salió en su defensa-. Zarah se cayó… otra vez.

Maricarmen y Marijó explotaron en carcajadas, mientras Zarah, aún molesta, ayudaba a Dany a subir al asiento y colocarse el cinturón de seguridad.

-No me ayudes, Manolito, por favor…-le dijo Zarah entre dientes, forzándose por sonreír, mientras lo ayudaba a subir también.

-Anda, deja de ponerte como tomate, o te va a dar un aneurisma-le dijo Maricarmen, ocupando su lugar en el asiento del copiloto-. No es la primera vez que te caes…, y conociéndote, no será la última.

-Sí, y tuviste suerte que esta vez Allan se encontrara cerca para ayudarte. De haber sido tú, me habría tirado al suelo a propósito con tal de que él me recogiera.

-¡Marijó!-Rieron Maricarmen y Zarah a la vez.

-¿Quieres dejar de hablar sobre ese Allan e irnos de una vez? ¡Tengo hambre!-Replicó Manolo, cruzándose de brazos.

Las tres chicas rieron nuevamente mientras Zarah ponía en marcha de una buena vez el automóvil y Maricarmen encendía la vieja radio, sólo un poco más nueva que el auto, para partir, como todos los días, cantando a voz en grito, para llegar roncas, pero contentas, a la casa, y dejar así atrás un largo día de escuela con maestros pesados y arrogantes, y caídas bochornosas en el pasto.

Daniela fue la única que no rió, sus ojos se mantenían fijos en un sitio no lejos de allí, sobre la figura de aquel que se mantuvo observándolas tan escrutadoramente, que si hubiesen prestado un poco más de atención, se habrían dado cuenta de su presencia…


***





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Gracias a El Rincón de la Novela Romántica

Gracias a El Rincón de la Novela Romántica por su nota acerca de mis novelas favoritas.





¡Una vez más gracias por todo su apoyo y muestras de cariño! :)

Para verla, métete a la página:

Alma Azul, Capítulo 3

Alma Azul
 
 
CAPÍTULO 3




-Y la x se coloca aquí…-explicaba la maestra de matemáticas, durante la última hora de clase.

Zarah miró el reloj en la pared y comenzó a guardar sus cosas. Era tarde, el timbre había sonado hacía ya diez minutos, y la “Pera”, como ella y sus amigas habían apodado a la profesora de matemáticas por la similitud de su cuerpo con esa fruta, no cesaba de dar su clase.

Otra vez.

-¿Hasta cuándo va a dejar de hablar?-Replicó Zarah, mirando nerviosamente el reloj-. ¿Es que no tiene nada mejor que hacer?

-Shhh…-la hizo callar Susana, anotando los últimos números en su libreta.

Zarah frunció el ceño, molesta por la demora. ¡Esa profesora siempre se tomaba tiempo de más del de su clase, sin importarle si sus alumnos tenían algún asunto urgente que atender…!

Furiosa, tomó el lápiz para continuar apuntando, pero al sólo tacto éste se partió en dos.

El gis de la maestra se partió a la mitad en ese mismo momento, y una parte de él salió volando para caer directo por el cuello perfectamente abotonado de su anticuada blusa con diseño a flores, y por la expresión que se formó en su rostro, fue a alojarse directo en su busto.

Hubo una carcajada general cuando la mujer, enojada y abochornada, sacudió de la tela para hacer caer la tiza sin ninguna suerte.

-Rosa, pasa a resolver el problema-llamó a una de las chicas de enfrente, al tiempo que ella salía a la carrera por la puerta en dirección al baño.

La chica suspiró, tan cansada como sus compañeras, y tras tomar el otro trozo de tiza del piso se dispuso a resolver el problema de matemáticas en el pizarrón.

-¿Cómo se le ocurre a la Pera hacer pasar a alguien a resolver el problema?-Se quejó Zarah-. Ya son casi quince minutos desde que sonó el timbre de la salida.

-No sé qué te extraña, así es ella, siempre ha sido así, y siempre será así-replicó María, apuntando a toda velocidad los números en su libreta.

Otra treta de la profesora para atormentar a sus alumnos era borrar todo de un momento a otro, hubieran terminado de copiar o no.

Zarah masculló algo ininteligible. Sus amigas habían pasado toda la vida en esa escuela, a diferencia de ella, y estaban acostumbradas a esas maestras dinosaurio que llevaban impartiendo clases en ese lugar tanto tiempo como la misma escuela, de más de treinta años.

-Bien, niñas, ahora copien este nuevo problema-entró la maestra una vez más en el salón, y sin siquiera revisar el problema que la alumna acababa de resolver, la mandó a sentar antes de borrarlo todo para comenzar a anotar unos números nuevos.

Zarah suspiró cansinamente y giró la vista hacia la ventana, manteniendo una expresión preocupada en el rostro. Los alumnos de los otros cursos habían salido ya. Probablemente sus hermanos estarían esperándola afuera…

Entonces su atención se fijó en algo mucho más interesante que el nuevo problema de matemáticas; abajo, mezclado entre los alumnos que se apretujaban frente a la puerta para abandonar las instalaciones de la escuela, alcanzó a divisar la figura de Allan.

Una sonrisa se esbozó en sus labios sin que siquiera lo notara. Allan se veía guapísimo ese día, vestido con su uniforme de fútbol y la ligera casaca del pants de la escuela puesta sobre los hombros. Aún a esa distancia alcanzaba a distinguir el perfecto contorno de sus brazos y su ancha espalda, demasiado perfecta para ser de un humano común y corriente. No, él tenía que ser una especie de dios romano encarnado en la tierra. Ningún mortal podía ser tan guapo…

-Señorita Rivadeneira-le llamó la atención la profesora-. ¿Es que acaso tiene algo más importante que atender que mi clase?

-Sí…-contestó Zarah, aún distraída, provocando un murmullo general de risitas ofuscadas y miradas sorprendidas-. Es decir… Yo…-tartamudeó poniéndose de pie para explicarse al notar el rostro de la profesora que comenzaba a ponerse rojo por el enojo-, tengo que ir por mis hermanos, maestra. Yo los llevo a casa, y ellos ya salieron de clase.

-¿Y es que no pueden esperar unos minutos?-Replicó la maestra, sin ceder terreno-. ¿O es que Maricarmen no puede cuidar de ellos mientras tú sales?

Zarah frunció el ceño, Maricarmen era su hermana un año menor que ella, y por lejos mucho más querida entre los maestros y los alumnos de la escuela, una maravilla perfecta de la naturaleza, con la que siempre solían compararla…

-Mis hermanos son mi responsabilidad, no de Maricarmen-replicó Zarah con una voz tan firme que los demás alumnos se volvieron a mirarla con las cejas arqueadas y las bocas abiertas-. Yo me comprometí con mi madre de llevarlos a salvo de vuelta a casa, en especial a Dany… No puedo faltar a mi palabra, o suponer que alguien más ha de cumplirla en mi lugar.

La maestra la miró por un par de segundos con una mueca extraña grabada en su boca muy pintada con labial de un rojo carmín intenso. Dejó la tiza en el pizarrón y se dio la vuelta.

-Bien, supongo que es tarde. Terminen de copiar eso y pueden salir.

Se escuchó un murmullo general provocado por cuadernos y mochilas cerrándose a toda velocidad; todos los alumnos se apuraron en obedecer antes de que la maestra cambiara de opinión.

Susana y María le dedicaron a Zarah miradas sorprendidas, como si todavía no alcanzaran a creer lo que acababa de suceder. Pero Zarah no tenía tiempo para prestarles atención en ese momento, sus hermanos habían salido de clases hacía casi media hora ya, y no tenía idea de cómo estaban. Tenía que encontrarse con ellos enseguida.

Terminó de apuntar la última x y guardó sus cosas a toda velocidad en la mochila.

-¡Nos vemos mañana, chicas!-Les dijo antes de salir a la carrera rumbo a la puerta, escabulléndose entre el tropel de alumnos que intentaban hacer precisamente eso.

Una vez afuera del edificio, en lugar de seguir el sendero atascado de estudiantes, cortó camino a través de los jardines del parque para llegar a la escuela de Daniela cuanto antes, rezando porque Dany aún se encontrara en su aula de clases. A la maestra de su hermana pequeña, de tan sólo seis años, no le gustaba que llegaran tarde por sus alumnos, y últimamente ella había llegado muy tarde por Daniela.

Llegó a la escuela cuando sonaban las dos de la tarde. Había quedado de reunirse allí con sus otras dos hermanas, por lo que no se preocupó por ellas, únicamente por Manolo y Daniela, la más pequeña de la familia.

Daniela había venido al mundo como cualquier otra niña normal. Rodeada de amor, creció y se desenvolvió como cualquier otro bebé, hasta que cumplió el año y medio de edad…

Entonces las cosas comenzaron a cambiar. Daniela se empezó a retraer en su propio mundo, dejó de decir palabras, sus berrinches se volvieron intensos y podían durar horas enteras, además de que comenzó a tener comportamientos agresivos.

Autismo.

Esa fue la respuesta tras un largo camino de preguntas, médicos, terapistas, especialistas, análisis y exámenes.

Una respuesta que no les dejó ningún alivio, sino es que un enorme vacío…

Al principio a todos les fue duro aceptar esa noticia, en especial a su padre, quien se retrajo en su trabajo y en sí mismo tantos días, que por un momento pareció que fue a él a quien diagnosticaron con el trastorno.

Javier, su hermano mayor, reaccionó de manera opuesta, apegándose a Daniela como si de ello dependiera la vida de la niña. Marijó entró en la etapa “dark”, de la cual aún no se decidía a salir, y Manolo, su hermano pequeño, se puso celoso al extremo.

Zarah, al igual que sus hermanos, se preocupó por Daniela, como por la dirección que tomaría su familia. Maricarmen había leído que el noventa por ciento de las parejas con hijos con autismo termina en el divorcio, y temió por sus padres…

Pero no hubo nada de qué preocuparse, el amor sincero y la base sólida en la que sus padres habían fundado a su familia salió a relucir en esos difíciles momentos. Miguel, su padre, regresó al hogar y a la rutina, y su madre volvió a su pasión; el trabajo con las culturas antiguas. El único cambio que existió en la casa fue el poner mayor atención a Daniela, intentando en lo posible ayudarla en sus terapias y sus tareas, en las que toda la familia se turnaba en colaborar.


Zarah, como hermana mayor-ahora lo era, ya que Javier se encontraba fuera de casa, estudiando la universidad- sentía que debía tomar mucha más responsabilidad en el asunto que el resto de sus hermanos menores.

De por sí ya tenía muy clara en su mente la idea de tener que proteger y cuidar a sus hermanos en lo posible, y se había ganado la labor de llevarlos a casa después de la escuela. Una tarea de título sencilla, pero que podía tornarse engorrosa tomando en cuenta que se trataba de una familia numerosa, y que con profesoras como la Pera, ensañadas en hacer salir tarde a sus alumnos, se le dificultaba bastante cumplir con su palabra y llegar temprano por sus hermanos a la salida. En especial le preocupaban los más pequeños, Maricarmen y Marijó ya eran mayores y podían cuidarse solas.

Por fin divisó la escuela de Daniela, y una sonrisa instantánea se esbozó en sus labios al verla a lo lejos, columpiándose alegremente junto a un pequeño grupo de niños. Más aliviada, se dirigió hasta donde ella se encontraba, pero sin dejar de correr. No fuera ser que verla llegar con toda calma despertara una vez más el enojo de la profesora de su hermana menor.

Por el rabillo del ojo notó a unos jugadores de fútbol en las cercanías. Odiaba a los jugadores, no por ellos mismos, sino por los balones. Por alguna extraña razón parecían siempre seguirla por donde iba, y no importaba qué tan lejos se parara del campo de juego, siempre los balones terminaban de alguna manera yendo a parar justo contra su cabeza.

Mascullando en voz baja, se alejó lo más posible de los jugadores, rodeando a tal grado el campo que terminó cruzando a través de unos arbustos. Aun así, como siempre, de alguna manera el balón pareció encontrar el camino para llegar hasta ella, y por un pelo Zarah esquivó el balonazo que iba a darle justo en la nariz, con tan mala suerte que a causa de la prisa y el terreno desigual, se le torció el tobillo y fue a darse de bruces contra el suelo. La mochila, a medio cerrar, salió volando y su contenido se esparció por el césped.

-¡Maldición!-Bramó Zarah, aproximándose a gatas hasta su mochila, aún con el tobillo adolorido-. Siempre yo, siempre yo…

-¿Te encuentras bien?-Escuchó que le preguntaba alguien a su espalda y el corazón le dio un vuelco.

Pálida como el mármol, se dio la media vuelta, aún en cuatro patas, para toparse de frente con Allan Cortaza, el chico más popular y guapo de la escuela, y por desgracia, su único y total amor platónico.

-¿Te hiciste daño?-Le preguntó él, aproximándose con una mano extendida para ayudarla a levantarse.

-No, estoy bien…-murmuró Zarah, casi sin aire cuando él la levantó con la misma facilidad que si estuviera hecha de plumas-. Gracias.

-No tienes que agradecer nada, bonita-le guiñó un ojo, y Zarah sintió que el suelo bajo sus piernas se movía y a poco estuvo de caer nuevamente.
Por suerte Allan, ocupado en recoger el balón a unos pasos de ellos, no lo notó.

-Me alegra que estés bien, Zarah. Nos vemos luego-se despidió con la mano antes de salir corriendo de regreso al campo de juego, donde lo esperaban sus compañeros.

Zarah se quedó observándolo boquiabierta, aún con la mirada perdida en esa espalda ancha y bien formada, y esa tez morena de piel perfecta.

Desde la primera vez que había visto a Allan, Zarah se había enamorado de él como una loca, igual como si Cupido-si es que realmente existiera-hubiese bajado en ese mismo instante y le hubiese disparado una de sus flechas del amor, haciéndola perder el juicio y la razón para entregarle su corazón a ese completo desconocido.

No sabía si fueron sus ojos negros y brillantes o esa sonrisa radiante y perfecta las que provocaban que ella no pudiera dejar de pensar en él, lo único que sabía era que sólo traer su imagen a la mente le ponía el corazón a latir a toda marcha, que cuando estaba cerca de él las manos le sudaban y las palabras se le borraban de la mente, y toda lógica, toda razón, todos los argumentos que se repetía por las noches, recordándose que nada tenía ella que ver con un chico como él, quedaban de lado y completamente olvidadas cuando él estaba cerca.

Allan no sólo era popular y guapo, era un año mayor, iba a otras clases y tenía a todas las chicas de la escuela tras sus pasos. Jamás, ni aunque el mundo se acabase y sólo quedaran ellos dos en la tierra, se fijaría en ella.

Aun así, Zarah no pudo evitar que una sonrisa se esbozara en su rostro al verlo partir, al tiempo que suspiraba por lo bajo:

-Sabe mi nombre…

-¿Quién sabe tu nombre?


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4 de mayo de 2011

5 de mayo

Hola queridos amig@s lectores,

Como festejo de mañana, 5 de mayo, ¿qué les parecería leer un nuevo capítulo de Alma Azul?

¿Les gustaría opinar al respecto? :)

2 de mayo de 2011

Primer Capítulo de Santa Julia



Julia Cap 1