5 de mayo de 2011

Alma Azul, Capítulo 4.

Alma Azul


CAPÍTULO 4
 
 
 


Zarah se puso roja al tiempo que se volvía. Maricarmen caminaba en ese momento hacia ella, llevando a Dany de la mano.
-Dany-contestó a la carrera-. Dany sabe mi nombre, ¿no es así, dulzura?

Dany la miró a los ojos y no contestó, enseguida desvió la vista hacia el campo de juego, como si el corretear de los muchachos tras el balón resultase más interesante que lo que su hermana tenía que decirle.

-Creo que a ella también le gusta Allan Cortaza-dijo con fastidio Maricarmen.

Zarah la miró con un dejo de amargura. Maricarmen era una belleza humana, además de una chica sumamente inteligente, la mejor de su clase, y por lo que demostraban los premios que había ganado, de todo el estado. Pero no era su largo y sedoso cabello negro azabache, ni esos ojos vivos y brillantes colmados de largas pestañas rizadas naturalmente, o los finos rasgos de su rostro que iban tan bien con su perfecta silueta, los que lograban hacerla resaltar por donde fuera que ella estuviera, era su perspicacia y aguda inteligencia las que lograban hacerla ganadora de la atención y admiración de todos cuantos la conocían.

No importaba dónde apareciera Maricarmen, las miradas se fijaban sobre ella sin excepción, igual que si estuvieran viendo a una reina desfilando por una pasarela, segura y a sabiendas de lo que provocaba en torno suyo.

Si existía una chica perfecta para Allan, esa era Maricarmen.

Pero ella jamás se había mostrado interesada en él, por el contrario, su sola presencia parecía fastidiarle.

O eso era lo que aparentaba…

Bien fuera que fingía no importarle él o realmente no lo hacía, lo cierto era que Maricarmen era la chica más cercana a lograr que Allan se fijara en ella.

Un hombre como Allan jamás se fijaría en alguien como Zarah. Hacerse ilusiones estaba por más descartado.

-¿Podemos irnos ya?-Por el camino apareció una chica de trece años, con el cabello lacio y cortado a la altura de la barbilla, los labios pintados de rojo oscuro y los ojos marcadamente delineados de negro. Llevaba una calavera bordada sobre el suéter de colegio, las uñas pintadas de negro y la mochila colmada de calcomanías de bandas de rock-. Quiero llegar a casa y tomar un buen descanso en el sofá de la casa. Tengo el culo plano como una aspirina por tantas horas pegada a la silla.

-¡Marijó!-Exclamaron Zarah y Maricarmen al unísono.

-Ahí te irás a sentar también-le dijo Maricarmen en tono de réplica-. Tus posaderas no te lo agradecerán en absoluto.

-Es mi culo, Maricarmen, no el tuyo. Si yo lo quiero aplastar como el culo de la abuela…

-¡Marijó!-Bramaron al unísono Zarah y Maricarmen.

-¡No hables de esa forma!-La reprendió Zarah.

-Y mucho menos delante de Daniela-continuó Maricarmen-. Sabes que está aprendiendo a repetir palabras.

-Ella no va a repetir…

-¡Culo!-Gritó la niña, haciendo callar a Marijó.

Las tres se miraron sorprendidas antes de romper a reír a carcajadas.

-¿Por qué se ríen?-Preguntó una vocecita.

-¡Manolo, allí estás!-Zarah lo saludó, llamándolo con la mano-. Date prisa, debemos irnos, es tarde ya…

-No me digas, llevo esperándote media hora-replicó el niño, frunciendo el ceño mientras caminaba hacia ellas-.Ya es bastante tener que vivir entre puras viejas, para que encima me eches la culpa de partir tarde.

-Cuida tu lengua, niñito-lo reprendió Zarah, aunque sin dejar de sonreír-. Si he llegado tarde no ha sido por gusto, sino porque…

-Sí, porque te quedaste hablando con ese chico… Allan-la interrumpió el niño, provocando que sus dos hermanas se volvieran a verla con las cejas arqueadas y sonrisas divertidas grabadas en los labios.

-¿Allan?-Repitió Marijó en tono pícaro-. ¿Y qué tenías que hablar con él tan urgentemente para dejar esperando a tus hermanos menores, Zaritah?

Zarah se puso roja a pesar de su intento de parecer como si nada, y continuó caminando, llevando a Dany casi a rastras de la mano hasta el sitio donde se encontraba aparcado el automóvil.

-Sí, Zarah, cuéntanos-se unió Maricarmen-. ¿Qué era tan importante eso que Allan tenía que decirte?

-No le dijo nada, la ayudó a levantarse-Manolo salió en su defensa-. Zarah se cayó… otra vez.

Maricarmen y Marijó explotaron en carcajadas, mientras Zarah, aún molesta, ayudaba a Dany a subir al asiento y colocarse el cinturón de seguridad.

-No me ayudes, Manolito, por favor…-le dijo Zarah entre dientes, forzándose por sonreír, mientras lo ayudaba a subir también.

-Anda, deja de ponerte como tomate, o te va a dar un aneurisma-le dijo Maricarmen, ocupando su lugar en el asiento del copiloto-. No es la primera vez que te caes…, y conociéndote, no será la última.

-Sí, y tuviste suerte que esta vez Allan se encontrara cerca para ayudarte. De haber sido tú, me habría tirado al suelo a propósito con tal de que él me recogiera.

-¡Marijó!-Rieron Maricarmen y Zarah a la vez.

-¿Quieres dejar de hablar sobre ese Allan e irnos de una vez? ¡Tengo hambre!-Replicó Manolo, cruzándose de brazos.

Las tres chicas rieron nuevamente mientras Zarah ponía en marcha de una buena vez el automóvil y Maricarmen encendía la vieja radio, sólo un poco más nueva que el auto, para partir, como todos los días, cantando a voz en grito, para llegar roncas, pero contentas, a la casa, y dejar así atrás un largo día de escuela con maestros pesados y arrogantes, y caídas bochornosas en el pasto.

Daniela fue la única que no rió, sus ojos se mantenían fijos en un sitio no lejos de allí, sobre la figura de aquel que se mantuvo observándolas tan escrutadoramente, que si hubiesen prestado un poco más de atención, se habrían dado cuenta de su presencia…


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