5 de mayo de 2011

Alma Azul, Capítulo 3

Alma Azul
 
 
CAPÍTULO 3




-Y la x se coloca aquí…-explicaba la maestra de matemáticas, durante la última hora de clase.

Zarah miró el reloj en la pared y comenzó a guardar sus cosas. Era tarde, el timbre había sonado hacía ya diez minutos, y la “Pera”, como ella y sus amigas habían apodado a la profesora de matemáticas por la similitud de su cuerpo con esa fruta, no cesaba de dar su clase.

Otra vez.

-¿Hasta cuándo va a dejar de hablar?-Replicó Zarah, mirando nerviosamente el reloj-. ¿Es que no tiene nada mejor que hacer?

-Shhh…-la hizo callar Susana, anotando los últimos números en su libreta.

Zarah frunció el ceño, molesta por la demora. ¡Esa profesora siempre se tomaba tiempo de más del de su clase, sin importarle si sus alumnos tenían algún asunto urgente que atender…!

Furiosa, tomó el lápiz para continuar apuntando, pero al sólo tacto éste se partió en dos.

El gis de la maestra se partió a la mitad en ese mismo momento, y una parte de él salió volando para caer directo por el cuello perfectamente abotonado de su anticuada blusa con diseño a flores, y por la expresión que se formó en su rostro, fue a alojarse directo en su busto.

Hubo una carcajada general cuando la mujer, enojada y abochornada, sacudió de la tela para hacer caer la tiza sin ninguna suerte.

-Rosa, pasa a resolver el problema-llamó a una de las chicas de enfrente, al tiempo que ella salía a la carrera por la puerta en dirección al baño.

La chica suspiró, tan cansada como sus compañeras, y tras tomar el otro trozo de tiza del piso se dispuso a resolver el problema de matemáticas en el pizarrón.

-¿Cómo se le ocurre a la Pera hacer pasar a alguien a resolver el problema?-Se quejó Zarah-. Ya son casi quince minutos desde que sonó el timbre de la salida.

-No sé qué te extraña, así es ella, siempre ha sido así, y siempre será así-replicó María, apuntando a toda velocidad los números en su libreta.

Otra treta de la profesora para atormentar a sus alumnos era borrar todo de un momento a otro, hubieran terminado de copiar o no.

Zarah masculló algo ininteligible. Sus amigas habían pasado toda la vida en esa escuela, a diferencia de ella, y estaban acostumbradas a esas maestras dinosaurio que llevaban impartiendo clases en ese lugar tanto tiempo como la misma escuela, de más de treinta años.

-Bien, niñas, ahora copien este nuevo problema-entró la maestra una vez más en el salón, y sin siquiera revisar el problema que la alumna acababa de resolver, la mandó a sentar antes de borrarlo todo para comenzar a anotar unos números nuevos.

Zarah suspiró cansinamente y giró la vista hacia la ventana, manteniendo una expresión preocupada en el rostro. Los alumnos de los otros cursos habían salido ya. Probablemente sus hermanos estarían esperándola afuera…

Entonces su atención se fijó en algo mucho más interesante que el nuevo problema de matemáticas; abajo, mezclado entre los alumnos que se apretujaban frente a la puerta para abandonar las instalaciones de la escuela, alcanzó a divisar la figura de Allan.

Una sonrisa se esbozó en sus labios sin que siquiera lo notara. Allan se veía guapísimo ese día, vestido con su uniforme de fútbol y la ligera casaca del pants de la escuela puesta sobre los hombros. Aún a esa distancia alcanzaba a distinguir el perfecto contorno de sus brazos y su ancha espalda, demasiado perfecta para ser de un humano común y corriente. No, él tenía que ser una especie de dios romano encarnado en la tierra. Ningún mortal podía ser tan guapo…

-Señorita Rivadeneira-le llamó la atención la profesora-. ¿Es que acaso tiene algo más importante que atender que mi clase?

-Sí…-contestó Zarah, aún distraída, provocando un murmullo general de risitas ofuscadas y miradas sorprendidas-. Es decir… Yo…-tartamudeó poniéndose de pie para explicarse al notar el rostro de la profesora que comenzaba a ponerse rojo por el enojo-, tengo que ir por mis hermanos, maestra. Yo los llevo a casa, y ellos ya salieron de clase.

-¿Y es que no pueden esperar unos minutos?-Replicó la maestra, sin ceder terreno-. ¿O es que Maricarmen no puede cuidar de ellos mientras tú sales?

Zarah frunció el ceño, Maricarmen era su hermana un año menor que ella, y por lejos mucho más querida entre los maestros y los alumnos de la escuela, una maravilla perfecta de la naturaleza, con la que siempre solían compararla…

-Mis hermanos son mi responsabilidad, no de Maricarmen-replicó Zarah con una voz tan firme que los demás alumnos se volvieron a mirarla con las cejas arqueadas y las bocas abiertas-. Yo me comprometí con mi madre de llevarlos a salvo de vuelta a casa, en especial a Dany… No puedo faltar a mi palabra, o suponer que alguien más ha de cumplirla en mi lugar.

La maestra la miró por un par de segundos con una mueca extraña grabada en su boca muy pintada con labial de un rojo carmín intenso. Dejó la tiza en el pizarrón y se dio la vuelta.

-Bien, supongo que es tarde. Terminen de copiar eso y pueden salir.

Se escuchó un murmullo general provocado por cuadernos y mochilas cerrándose a toda velocidad; todos los alumnos se apuraron en obedecer antes de que la maestra cambiara de opinión.

Susana y María le dedicaron a Zarah miradas sorprendidas, como si todavía no alcanzaran a creer lo que acababa de suceder. Pero Zarah no tenía tiempo para prestarles atención en ese momento, sus hermanos habían salido de clases hacía casi media hora ya, y no tenía idea de cómo estaban. Tenía que encontrarse con ellos enseguida.

Terminó de apuntar la última x y guardó sus cosas a toda velocidad en la mochila.

-¡Nos vemos mañana, chicas!-Les dijo antes de salir a la carrera rumbo a la puerta, escabulléndose entre el tropel de alumnos que intentaban hacer precisamente eso.

Una vez afuera del edificio, en lugar de seguir el sendero atascado de estudiantes, cortó camino a través de los jardines del parque para llegar a la escuela de Daniela cuanto antes, rezando porque Dany aún se encontrara en su aula de clases. A la maestra de su hermana pequeña, de tan sólo seis años, no le gustaba que llegaran tarde por sus alumnos, y últimamente ella había llegado muy tarde por Daniela.

Llegó a la escuela cuando sonaban las dos de la tarde. Había quedado de reunirse allí con sus otras dos hermanas, por lo que no se preocupó por ellas, únicamente por Manolo y Daniela, la más pequeña de la familia.

Daniela había venido al mundo como cualquier otra niña normal. Rodeada de amor, creció y se desenvolvió como cualquier otro bebé, hasta que cumplió el año y medio de edad…

Entonces las cosas comenzaron a cambiar. Daniela se empezó a retraer en su propio mundo, dejó de decir palabras, sus berrinches se volvieron intensos y podían durar horas enteras, además de que comenzó a tener comportamientos agresivos.

Autismo.

Esa fue la respuesta tras un largo camino de preguntas, médicos, terapistas, especialistas, análisis y exámenes.

Una respuesta que no les dejó ningún alivio, sino es que un enorme vacío…

Al principio a todos les fue duro aceptar esa noticia, en especial a su padre, quien se retrajo en su trabajo y en sí mismo tantos días, que por un momento pareció que fue a él a quien diagnosticaron con el trastorno.

Javier, su hermano mayor, reaccionó de manera opuesta, apegándose a Daniela como si de ello dependiera la vida de la niña. Marijó entró en la etapa “dark”, de la cual aún no se decidía a salir, y Manolo, su hermano pequeño, se puso celoso al extremo.

Zarah, al igual que sus hermanos, se preocupó por Daniela, como por la dirección que tomaría su familia. Maricarmen había leído que el noventa por ciento de las parejas con hijos con autismo termina en el divorcio, y temió por sus padres…

Pero no hubo nada de qué preocuparse, el amor sincero y la base sólida en la que sus padres habían fundado a su familia salió a relucir en esos difíciles momentos. Miguel, su padre, regresó al hogar y a la rutina, y su madre volvió a su pasión; el trabajo con las culturas antiguas. El único cambio que existió en la casa fue el poner mayor atención a Daniela, intentando en lo posible ayudarla en sus terapias y sus tareas, en las que toda la familia se turnaba en colaborar.


Zarah, como hermana mayor-ahora lo era, ya que Javier se encontraba fuera de casa, estudiando la universidad- sentía que debía tomar mucha más responsabilidad en el asunto que el resto de sus hermanos menores.

De por sí ya tenía muy clara en su mente la idea de tener que proteger y cuidar a sus hermanos en lo posible, y se había ganado la labor de llevarlos a casa después de la escuela. Una tarea de título sencilla, pero que podía tornarse engorrosa tomando en cuenta que se trataba de una familia numerosa, y que con profesoras como la Pera, ensañadas en hacer salir tarde a sus alumnos, se le dificultaba bastante cumplir con su palabra y llegar temprano por sus hermanos a la salida. En especial le preocupaban los más pequeños, Maricarmen y Marijó ya eran mayores y podían cuidarse solas.

Por fin divisó la escuela de Daniela, y una sonrisa instantánea se esbozó en sus labios al verla a lo lejos, columpiándose alegremente junto a un pequeño grupo de niños. Más aliviada, se dirigió hasta donde ella se encontraba, pero sin dejar de correr. No fuera ser que verla llegar con toda calma despertara una vez más el enojo de la profesora de su hermana menor.

Por el rabillo del ojo notó a unos jugadores de fútbol en las cercanías. Odiaba a los jugadores, no por ellos mismos, sino por los balones. Por alguna extraña razón parecían siempre seguirla por donde iba, y no importaba qué tan lejos se parara del campo de juego, siempre los balones terminaban de alguna manera yendo a parar justo contra su cabeza.

Mascullando en voz baja, se alejó lo más posible de los jugadores, rodeando a tal grado el campo que terminó cruzando a través de unos arbustos. Aun así, como siempre, de alguna manera el balón pareció encontrar el camino para llegar hasta ella, y por un pelo Zarah esquivó el balonazo que iba a darle justo en la nariz, con tan mala suerte que a causa de la prisa y el terreno desigual, se le torció el tobillo y fue a darse de bruces contra el suelo. La mochila, a medio cerrar, salió volando y su contenido se esparció por el césped.

-¡Maldición!-Bramó Zarah, aproximándose a gatas hasta su mochila, aún con el tobillo adolorido-. Siempre yo, siempre yo…

-¿Te encuentras bien?-Escuchó que le preguntaba alguien a su espalda y el corazón le dio un vuelco.

Pálida como el mármol, se dio la media vuelta, aún en cuatro patas, para toparse de frente con Allan Cortaza, el chico más popular y guapo de la escuela, y por desgracia, su único y total amor platónico.

-¿Te hiciste daño?-Le preguntó él, aproximándose con una mano extendida para ayudarla a levantarse.

-No, estoy bien…-murmuró Zarah, casi sin aire cuando él la levantó con la misma facilidad que si estuviera hecha de plumas-. Gracias.

-No tienes que agradecer nada, bonita-le guiñó un ojo, y Zarah sintió que el suelo bajo sus piernas se movía y a poco estuvo de caer nuevamente.
Por suerte Allan, ocupado en recoger el balón a unos pasos de ellos, no lo notó.

-Me alegra que estés bien, Zarah. Nos vemos luego-se despidió con la mano antes de salir corriendo de regreso al campo de juego, donde lo esperaban sus compañeros.

Zarah se quedó observándolo boquiabierta, aún con la mirada perdida en esa espalda ancha y bien formada, y esa tez morena de piel perfecta.

Desde la primera vez que había visto a Allan, Zarah se había enamorado de él como una loca, igual como si Cupido-si es que realmente existiera-hubiese bajado en ese mismo instante y le hubiese disparado una de sus flechas del amor, haciéndola perder el juicio y la razón para entregarle su corazón a ese completo desconocido.

No sabía si fueron sus ojos negros y brillantes o esa sonrisa radiante y perfecta las que provocaban que ella no pudiera dejar de pensar en él, lo único que sabía era que sólo traer su imagen a la mente le ponía el corazón a latir a toda marcha, que cuando estaba cerca de él las manos le sudaban y las palabras se le borraban de la mente, y toda lógica, toda razón, todos los argumentos que se repetía por las noches, recordándose que nada tenía ella que ver con un chico como él, quedaban de lado y completamente olvidadas cuando él estaba cerca.

Allan no sólo era popular y guapo, era un año mayor, iba a otras clases y tenía a todas las chicas de la escuela tras sus pasos. Jamás, ni aunque el mundo se acabase y sólo quedaran ellos dos en la tierra, se fijaría en ella.

Aun así, Zarah no pudo evitar que una sonrisa se esbozara en su rostro al verlo partir, al tiempo que suspiraba por lo bajo:

-Sabe mi nombre…

-¿Quién sabe tu nombre?


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